Cuando esto escribimos, se cumplen dos meses del cierre de la COP30, celebrada en Belém, Brasil, entre el 10 y el 21 de noviembre de 2025, una reunión en la que se tenían muchas esperanzas, pero cuyo balance final nada tuvo que ver con las expectativas.

Si una COP termina un viernes, todos los ambientalistas nos apresuramos a redactar nuestros resúmenes y conclusiones para publicarlos el sábado o el domingo siguientes. En ellos hacemos nuestras críticas, manifestamos nuestras preocupaciones, dejamos constancia de nuestras recomendaciones. Pero al año siguiente la cuestión ambiental casi siempre sigue igual o peor.

De las resultas de la COP30, sin necesidad de acudir a complejas operaciones meteorológicas ni tablas de temperatura, podemos pronosticar que habrá un nuevo incremento de temperatura global en 2026. En consecuencia, también podemos intuir los desastres naturales que habrían de venir este año, que ya comenzaron a manifestarse desde este mismo enero. Así hemos visto mega nevadas en lugares inusuales, lluvias torrenciales, incendios forestales devastadores y hasta marejadas ciclónicas inusuales en el Mediterráneo, y esto apenas en veinte días del año.

Si a ello añadimos las noticias recientes sobre nuevos planes de extracción y comercialización de combustibles fósiles para 2026, no es difícil predecir que nuevos desastres naturales habrán de golpear a nuestra querida esfera azul y a los habitantes que hacemos vida en ella.

Peor aún: los petroleros presentes en la COP30, a última hora, lograron imponer su voluntad e impidieron que los combustibles fósiles siquiera fuesen mencionados en el documento final, algo insólito para la principal reunión mundial climática anual.

Esto vaticina un panorama climático aún más oscuro para 2026.

Pasados unos meses, la ONU comenzará a publicar datos sobre la COP31. Se anunciarán el lugar, la fecha, el presidente, el eslogan y otros detalles esperados por algunos como si se tratara de un campeonato mundial de fútbol, al tanto de que los pobres resultados de la COP30 se irán opacando y finalmente quedarán en la memoria, como si estuvieran detrás de un cristal esmerilado. Un tiempo después se oscurecerán del todo y ya casi nadie los mencionará.

Y así, sin darnos cuenta, hemos visto pasar ante nuestros ojos las COP1… … … COP21, COP22, COP23, COP24, COP25, COP26, COP27, COP28, COP29 y COP30, una lenta caravana de conferencias climáticas anuales, una tediosa sucesión que no ha logrado cumplir con el espíritu con el que fueron creadas en 1995, ni tampoco con el mandato fundamental del Acuerdo de París (COP21, 2015), mantener la temperatura en +1.5°C, a partir de su valor preindustrial de 1750.

En la madrugada del jueves 10 de julio de 2025, justo cuatro meses antes del inicio de la COP30, la Cámara de Diputados de Brasil, nada menos que el país anfitrión de la COP30, aprobó un polémico proyecto de ley que flexibiliza las normas de licenciamiento ambiental, en medio de duras críticas por parte de organizaciones ecologistas. De esto hemos escrito el artículo Decreto de muerte a los árboles del Amazonas.

Retrocediendo un poco en el tiempo, veinte años antes de la primera COP, se realizó por iniciativa de Suecia, Estocolmo 1972, Primera Cumbre de la Tierra, que se ha comparado con la Declaración de los Derechos Humanos. El documento consta de 7 proclamas y 26 principios, «ante la necesidad de un criterio y unos principios comunes que ofrezcan a los pueblos del mundo inspiración y guía para preservar y mejorar el medio humano». En la Declaración de Estocolmo estaba todo lo que debíamos hacer por nuestro planeta, pero que no hicimos.

La Segunda Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro, Brasil,1992, fue una reunión muy importante, celebrada veinte años después de Estocolmo y mucho más pragmática que ésta. Río92 fue la madre de las conferencias, convenciones y declaraciones climáticas, tales como:

1.- La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). 2.- La necesidad de estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera. 3.- La creación de las COP, Conferencia de las Partes, como órgano supremo de la CMNUCC. 4.- La Declaración de principios relativos a los bosques. 5.- La Convención de la lucha contra la desertificación. 6.- El Convenio sobre la Diversidad Biológica. 7.- El Programa 21 o plan de acción mundial para promover el desarrollo.

Todo estaba listo para pasar el umbral al siglo XXI con justificado optimismo. Pero casi ninguno de estos convenios tuvo carácter vinculante, es decir, no se creó un marco legal que obligara a los países o partes a cumplirlos. Es por ello, en gran parte, que luego de transcurridos casi treinta años, la mayoría de las metas no se han alcanzado, en especial lo relativo a la estabilización de la temperatura global.

El último gol en contra ha sido, justamente, el pésimo manejo de la COP30, como hemos visto.

Esto es preocupante, especialmente para los jóvenes, porque es a ellos a quienes les tocará pagar la factura climática en un futuro ya no tan lejano.

Sandor Alejandro Gerendas-Kiss
Editor de SGK-PLANET